Vísteme, Givenchy, y conviérteme en arte

 

“(…) Soñar es el principio de todo. Quien dedica su vida a la creación da forma a sus sueños, los conjuga, los dota de una corporeidad que busca expresar algo. Freud decía que con los sueños se evidencian nuestros deseos. Los de Givenchy pasaban por infinitos vestidos de shantung, crepé, organdí o seda cuajados de perlas, plumas, cristal de roca; por unas creaciones que partían del cuerpo femenino para cambiar el mundo a través de lo bello.

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Detalle vestido en pedrería

 

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Detalle vestido en pedrería

 

Givenchy no solo dotaba a la mujer de nuevas armas para enfrentarse a la mirada ajena, al más que implacable espejo, conseguía que sus sueños se hicieran realidad. Sus abrigos de lana mutaban en flor, sus vestidos de noche en pavo real, en cielo estrellado. Vestir a una mujer es hacerla bella´, entonaba en su taller, mientras esculpía mangas, cosía cuellos, montaba faldas, todo al servicio de una idea: proyectar la línea natural del cuerpo, ensalzarlo.

                          

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Detalle vestido con plumas
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Cuerpo de vestido bordado

Una urgencia creativa que le llevó a beber de todas las fuentes, en todos los espacios donde el alma sensible se estremece.

Abrazando con su arte el universo femenino, Givenchy se sumaba a la nómina de couturiers que transformaron para siempre la estética de Occidente.”

 

Givenchy

El Museo Thyssen-Bornemisza presenta la primera gran retrospectiva del modisto francés Hubert de Givenchy, un creador esencial del siglo XX y leyenda viva de la historia de la alta costura. La exposición constituye la primera incursión del Museo en el mundo de la moda mediante un enfoque excepcional de las creaciones del couturier a lo largo de casi medio siglo, desde la apertura en 1952 en París de su Maison hasta su retirada profesional en 1995.

 

 Recorrido de la exposición

El recorrido empieza con un primer espacio dedicado a mostrar los comienzos de la Maison Givenchy, en 1952, con piezas destacadas de la que fue la primera colección en su propia casa de costura. Destaca entre ellas la famosa blusa Bettina, llamada así en honor de una de las modelos más bellas de la época y buena amiga del diseñador.

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Bettina


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camisa Bettina

 

Confeccionadas con un material tan económico como la tela blanca de algodón de camisa masculina, con cuello abierto y mangas adornadas con bordado inglés, estas blusas destilaban elegancia y belleza y constituyeron el primer gran éxito en su carrera y un primer paso en su consolidación internacional.

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A la blusa Bettina le siguieron otras creaciones surgidas de una imaginación adelantada a su tiempo, como unos vestidos de noche con el cuerpo suelto que podían llevarse también con falda o pantalón; elementos intercambiables que se dejaban a la imaginación y estilo de las clientas para combinarlos entre sí, de ahí su nombre: Separates.

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Vestidos Separates

 

 

 

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Separates

 

 

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Una fantástica selección de vestidos cortos, piezas de indumentaria en piel y delicados trajes en seda y lamé

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Trajes de seda y lamé

 

 

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protagonizan las salas siguientes para mostrar una de las principales enseñanzas de su maestro Balenciaga, la importancia de los tejidos.

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Este trabajo con los distintos materiales junto al tratamiento cromático que les daba, por ejemplo a las pieles, hicieron de él un diseñador innovador y rupturista, pero sin perder nunca de vista la elegancia y la sencillez esencia de su talento.

 

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trajes de piel

 

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Esta parte del recorrido culmina con una muestra de vestidos que combinan el blanco y el negro, introduciendo ya aquí la que será una de sus mayores señas de identidad: la maestría en el trabajo con el color negro.

 

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Trajes negros

 

 

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Grandes clientas

El núcleo de la exposición está dedicado a mostrar las creaciones para algunas de sus principales clientas, figuras esenciales para contar y mantener una carrera continuada de éxito a lo largo de toda la vida de un modista. Destacan entre ellas cuatro mujeres icónicas de la historia de la moda que fueron además grandes amigas de Givenchy: la duquesa de Windsor, la princesa Grace de Mónaco, Jacqueline Kennedy y, principalmente, la actriz Audrey Hepburn, su musa y embajadora de su marca desde que se conocieron en 1954.

 

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Traje duquesa de Windsor

 

Muchas de las piezas exhibidas forman parte de la historia del cine y de la memoria visual del siglo XX, como el vestido que llevó Jackie Kennedy en la recepción oficial que dio el general De Gaulle durante la visita oficial a Francia del presidente de los EE.UU., John Fitzgerald Kennedy, en 1961.

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Traje de Jackie Kennedy

 

 

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Traje Jackie Kennedy

 

 

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Así como el traje que llevo para el entierro de su marido.

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O el vestido negro de Audrey Hepburn en la película Desayuno con diamantes, de ese mismo año.

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Audrey Hepburn en la película Desayuno con diamantes

 

 

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Audrey Hepburn

 

 

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Audrey Hepburn

 

 

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Audrey Hepburn

 

Junto a otras creaciones que Givenchy realizó para numerosas actrices y películas, estos vestidos subrayan la importancia del cine en la carrera del diseñador como excelente plataforma de proyección internacional.

 

 

A continuación, el recorrido avanza a través de una selección de trajes que muestran el trabajo preciosista y artesanal en
bordados y muselinas, presentes en piezas como los déshabillés, hasta llegar a otra de las señas de identidad del estilo Givenchy: la elegancia en el uso del color. Es aquí donde se puede observar de forma especial la influencia en sus diseños de los grandes pintores de la historia y cómo ha sido capaz de trasladar y transformar lo expresado en determinados lienzos, como las dos obras de Sonia y Robert Dealunay presentes en este espacio, haciéndolos suyos y dando lugar a algunas de sus creaciones más destacadas. Estas conexiones continúan en la sala siguiente, donde se establece un diálogo directo entre cuadros de Miró, Rothko, Ernst, Fontana o van Doesburg con algunos de sus vestidos más espectaculares.

 

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Trajes de novia y vestidos de noche

Dos de los más importantes conjuntos de creaciones por los que alcanzó mayor fama internacional, los trajes de novia y los
vestidos de noche, son los protagonistas absolutos del siguiente espacio. Los primeros han sido y siguen siendo una seña de identidad de la Maison Givenchy y han marcado durante años el estilo de este tipo de creaciones. Una selección de estos
extraordinarios vestidos de novia, realizados en diferentes épocas y presentados con un atractivo montaje escenográfico, permitirá apreciar de nuevo el carácter innovador y rupturista de Givenchy en perfecta sintonía siempre con la belleza intemporal de la elegancia clásica.

 

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Y frente al blanco inmaculado de los trajes de novia, otra de las cimas de su talento: las creaciones para la noche, donde el negro, su color fetiche, destaca por encima del resto de tonos. Fue Givenchy quien consiguió por primera vez una maestría inigualable en el trabajo impecable del color negro con la culminación y popularización del famoso ‘little black dress’, una pieza de indumentaria que se convirtió desde entonces en indispensable en cualquier armario. En estos vestidos de aparente sencillez es donde mejor se aprecia la pureza de líneas y volúmenes que el maestro Givenchy sabía dotar a sus creaciones bajo la permanente influencia de Balenciaga. Ante la atenta mirada de las grandes top models de los años ochenta fotografiadas por Joe Gaffney, el recorrido termina con unos trajes llenos del glamour de aquella época, uno de los últimos grandes momentos de la historia reciente de la moda.

 

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 El diseñador: Hubert de Givenchy
Hubert de Givenchy, cuyo nombre completo es Count Hubert James Marcel Taffin de Givenchy, nació en Beauvais, Francia, el 20 de febrero 1927 en el seno de una familia aristocrática. Perteneció a una generación privilegiada de diseñadores que se concentraba en un círculo muy estrecho en la ciudad de París y cuyo trabajo fue definiendo temporada tras temporada la moda en todo el mundo; Givenchy es, sin lugar a dudas, uno de los máximos exponentes del diseño de moda del siglo XX. Con 17 años abandona el entorno familiar para instalarse en París,donde aprende trabajando con Jacques Fath, Robert Piguet, Lucien Lelong y Elsa Schiaparelli, con quien permanece entre 1949 y 1951.

Durante estos primeros años en París estudió en la Escuela de Bellas Artes y en Facultad de Detroit. En 1952 abre su propia casa de moda en el n° 8 de la calle Alfred de Vigny, en el Parc Monceau de París.
Fue un creador innovador en muchos aspectos; desde el principio se aparta de las tendencias marcadas por los diseñadores de su momento empleando nuevos materiales como el algodón descrudado, que hasta el entonces había estado reservado para las toiles exclusivamente, o presentando entre sus diseños piezas  independientes como camisas y faldas en 1952.

Una de sus grandes aportaciones a la moda fue la creación de líneas prêt- à-porter de lujo. Givenchy es el primer diseñador que sale de los salones para llegar a las calles, y contribuye así a la democratización del lujo que marcará el final de la década de los 50. En 1954 muere Jacques Fath y el empresario responsable de su firma le encarga a Givenchy la producción de una colección prê- à-porter de lujo para mujer de ese año. Así es como la línea “Jacques Fath Université” pasa a convertirse en “Givenchy Université”. Esta forma de trabajar, en colaboración con grandes
empresarios textiles, la continúa junto a Mendès, con quien lanza en 1968 la colección “Givenchy Nouvelle Boutique”.

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En 1973 aparece su primera colección para hombre “Gentleman Givenchy”. Otro de los rasgos que mejor definen la
producción de Givenchy fue el vínculo tan especial que estableció con sus clientas personificado de una forma mítica en la relación que le unió durante tantos años a Audrey Hepburn. Juntos encarnaron el ideal de la elegancia durante décadas siempre envuelta en una atmósfera casi de leyenda.
Los perfumes fueron otro importante pilar de la casa Givenchy. Esta línea se funda en 1957 y sus comienzos están rodeados también de glamour. Se dice que la primera fragancia que creó el diseñador, L’Interdit está inspirada en su musa Audrey Hepburn; la diseña como un homenaje a su delicadeza y feminidad y, por este motivo, desde el mes de enero en que la lanzó hasta el mes de diciembre de este mismo año en que salió al mercado sólo la pudo utilizar en exclusiva la actriz. Las nuevas circunstancias del mercado de la moda obligan a Givenchy a vender su firma en 1988 al empresario Bernard Arnault, quien ya tenía las casas Dior, Lacroix, Celine y Kenzo. Él se mantuvo mientras puedo al frente de su firma, manteniendo esa elegancia y estilo personal que le habían convertido en la mejor imagen para su propia casa. Pero ésta no era ya la forma en la que Arnault veía su empresa y Givenchy tuvo que retirarse en 1995 y dejar paso al frente de la firma que llevaba su nombre a jóvenes diseñadores como John Galiano y Alexander Mac-
Queen.

 

Su ídolo: Cristóbal Balenciaga
Cristóbal Balenciaga había sido durante años un referente no sólo para Givenchy sino para todos los diseñadores de la
época. Había comenzado a trabajar en los años 30 y sus creaciones se fueron adaptando a la perfección a las circunstancias de estas difíciles épocas, como, por otro lado, es tan habitual en el mundo de la moda. Pero, sin duda, es el nuevo espíritu que surge tras la Guerra el ambiente ideal para que la originalidad del autor quede plasmada en diseños que se fueron convirtiendo en iconos de su época. Givenchy conoce a Balenciaga en el año 1953 y este encuentro marcará la trayectoria del joven diseñador. La relación que les unió fue la de maestro y aprendiz añadida
a una sólida amistad. Balenciaga era uno de los pocos diseñadores que cortaba y confeccionaba sus diseños; había
aprendido el oficio de su madre, que era modista y lo dominaba a la perfección. Junto a él Givenchy fue dominando también las técnicas de la costura que le iban permitiendo huir de los elementos decorativos superfluos en sus diseños, para pulir las estructuras de los trajes y centrarse en las cualidades de la forma y el color. Este puede ser el punto de unión más claro entre ambos diseñadores, los cortes perfectos y la huida de lo superfluo. Givenchy se declaró ferviente admirador de su maestro durante toda su carrera y así lo demostró siempre que tuvo la ocasión
de participar en algún homenaje a su figura.

 

La época
El optimismo que caracteriza la década de los 50 en tantos aspectos de la sociedad también quedó patente en el vestir. Con esos años vuelve el esplendor en el diseño y la moda vive uno de los momentos más significativos del siglo XX.
Los años de la guerra habían impuesto un modo de vida austero y lleno de restricciones. El final de la contienda y el repunte de la economía trajeron consigo un nuevo estilo de vida que es probablemente el que esté finalizando en nuestros días. El consumo se dispara y el optimismo es el clima que se respira. En la moda esta ruptura se muestra claramente. Lo que se denominó el New look de Cristian Dior, que había sorprendido al mundo de la moda a finales de los 40, se difunde por todo el mundo occidental. Este nuevo estilo se materializa en un nuevo ideal de belleza caracterizado por una silueta muy forzada, con hombros anchos, cinturas muy marcadas y amplios vuelos en las faldas.

París marca la tendencia y es seguida por el resto de los países, los tres diseñadores parisienses de mayor renombre de estos años son Cristobal Balenciaga, Hubert de Givenchy y Pierre Balmain.

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la moda en el cine
Los años 50 marcaron una edad de oro en el cine que no fue ajena al propio vestuario. Las grandes producciones cinematográficas llegaban a todo el mundo, con lo que se convirtieron por derecho propio en el mejor escaparate para otras industrias como la moda. La industria del cine en estos años fue, sin lugar a dudas, el primer exponente de la globalización.
Es cierto que las tendencias surgían en los grandes salones de París, pero a nadie se le escapaba que eran las grandes actrices de Hollywood las que mejor encarnaban el estilo de la época, y las películas que permanecían meses en cartelera, el mejor escaparate. Es por este motivo por el que el diseño de los vestuarios estuvo cuidado como en pocas ocasiones.

Mujeres como Marilyn Monroe, Lauren Bacall, Ava Gadner o Grace Kelly evocaban los ideales de la belleza y elegancia del momento y su estilo era imitado en todos los países.
A finales de la década, Audrey Hepburn se convertiría en el mayor icono de este maridaje entre belleza, elegancia y cine, y en ello jugaron un papel incuestionable los diseños de Givenchy.
Esta relación comienza en 1957, cuando Audrey Hepburn era una jovencísima estrella de Hollywood y él se encarga del diseño de su vestuario para la película Funny Face (Cara de Ángel). Posteriormente diseñará el vestuario de la actriz para diez películas más, entre ellas la célebre Desayuno con Diamantes, dirigida por Blake Edwards en 1961. El vestido negro que luce la protagonista frente al escaparate de la famosa joyería se ha convertido en un símbolo de elegancia.
La relación entre moda y cine no se limitó a los años 50 y 60, aunque es cierto que en años posteriores sufre una clara transformación. Si hasta este momento son las propias actrices los referentes de estilo a seguir, en las dos décadas siguientes esta influencia, que en algunos momentos es muy importante, se irá limitando a los personajes concretos de películas con gran impacto.

Algunas de estas protagonistas que influyeron en la moda del momento fueron, por ejemplo, Natalie Wood en West side story (1961), Catherine Deneuve en Belle de Jour (1967), Faye Dunaway en Bonnie and Clyde (1967), Ali MacGrawn en Love story (1970), Diane Keaton en Annie Hall (1977) o Meryl Streep en Memorias de África (1985). Todas ellas marcaron un estilo que se siguió en las calles de muchos países.

 

 

Documentación:

Thyssen-Bornemisza.

Museo el traje.

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