SHUNGA: SEXO Y PLACER EN EL ARTE.

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Furiosas escenas de tocador. Apasionadas volteretas. Sensualidad. Amantes en celo que se devoran a besos y se funden en uno solo cuerpo. Una cortesana cuyo rostro evidencia el éxtasis puro que se esconde tras ojos entornados y párpados pintados; los espasmos recorren los dedos de sus pies, que apuntan al cielo en un gesto involuntario. Así son las ‘imágenes de primavera’ o ‘las escenas del mundo flotante’ del ‘shunga’, elegantes representaciones de las prácticas sexuales del Japón Tokugawa (1603-1868) que incorporaban diferentes agentes de la sociedad del momento: samuráis, monjes budistas o comerciantes (a menudo aparecían seres fantásticos o mitológicos). El arte era un espacio para abandonar las normas y entregarse por completo al goce.   Gracias a técnicas xilográficas de grabado a partir de planchas de madera, los grandes maestros del ‘ukiyo-e’ reflejaban en sus obras los distritos consagrados al placer (especialmente, Yoshiwara), la energía de los actores ‘kabuki’ o los espectáculos callejeros. Precursora del ‘tentacle erotica’ (exclusivo del ‘hentai-horror’ japonés), la estampa ‘shunga’ más icónica (reinterpretada por Pablo Picasso o Auguste Rodin) es ‘El sueño de la esposa del pescador’ de Katsushika Hokusai, donde una recolectora de perlas, en armonía con el sintoísmo, aparece sexualmente entrelazada a dos pulpos. Con un texto que bordea el encuentro sexual, la mujer y los octópodos expresan su satisfacción.

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El sueño de la esposa el pescador. Katsushika Hokusai

El esplendor de ‘la revolución azul’ vino de la mano de ‘La Gran Ola de Nanagawa’, la primera imagen y más conocida de la famosa serie ‘Treinta seis vistas del Monte Fuji’, de la que se reprodujeron miles de copias a partir del molde original. El suave y fugaz tono pasó a engrosar las colecciones privadas europeas para convertirse en uno de los grabados más populares entre los marchantes.

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La gran ola. Katsushika Hokusai

Para suerte de los impresionistas y postimpresionistas franceses: el trazo estilizado de Utamaro Kitagawa, que poniendo énfasis en la luz y en la calidad pictórica creó escuela para contribuir al desarrollo posterior del arte. La belleza etérea e irreal de sus geishas, de distinguidas poses y sofisticada indumentaria fijó cánones sobre el encanto femenino. Basada en una pieza literaria, ‘Poema de almohada’ despliega el arte de ocultar y revelar a musas espectrales tras increíbles veladuras y transparencias. Con el tratamiento del ropaje y los sutiles primeros planos (‘okubi-e’) de rostros a través de espejos (‘Chica con espejo’), demostró un dominio de la técnica sin precedentes. Tanto que le valió el reconocimiento en vida. La cotidianidad como el acto de aplicar el maquillaje, detallismo en el peinado, gestos elocuentes, la gama de colores (burdeos, ciruela, grises, ocres y tonos tierra) y sus cuellos pálidos y desnudos, transmiten un delicado y misterioso refinamiento. Absolutamente maravilloso a la hora de filtrar la realidad desde su óptica y convertir al espectador en un testigo de la escena.

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Poema de almohada. Utamaro Kitagawa
Chica con espejo. Utamaro
Chica con espejo

Un perfumado olor a incienso Considerado una autoridad en la impresión del color ‘nishiki-e’, Torii Kiyonaga hizo suyas las afamadas composiciones de mujeres bellas (‘bijinga’). Los baños públicos, ‘las habitaciones del placer’ y el ‘kabuki’ fueron el caldo de cultivo de una trayectoria que es un canto a ‘la alegría de vivir’ (tema que se convertiría en un lema francés). En el ‘emakumono’ ‘Handscroll for the Sleeve’ (rollo ilustrado con diferentes secuencias), las líneas contorneadas dan forma a la primera experiencia sexual de una joven acomodada que tapa su boca con timidez.

Kiyonaga
Kiyonaga

En otra línea, Utagawa Kuniyoshi, que desde joven quedó impresionado por los impresos de plebeyos y guerreros donde hombres comunes se enfrentaban a seres bestiales en escenarios imposibles. Tanto es así que estas escenas fantásticas marcaron su evolución posterior. Caso del tríptico ‘The earth spider conjures up demons’. De preciosismo exquisito, Hosoda Eishi, que aplicó a sus pinturas colores vibrantes y toques de pan de oro. Su obra de perfumado olor a incienso marca la transición de la tradición ‘ukiyo-e’ hacia la estampa contemporánea. La representación gráfica del desembarco de la cultura occidental a los puertos japoneses queda plasmada en ‘Erotic scenes in Nagasaki’, en la que una concubina mantiene relaciones con un holandés mientras una ventana abierta dirige la mirada hacia el mar. Con un arte que pretendía provocar excitación sexual, estos viejos artistas nipones sedujeron a la Europa decimonónica. Poco a poco, el interés por los objetos artísticos del Asia oriental fue en aumento, suponiendo un revulsivo en las manifestaciones occidentales y un acontecimiento en su renovación plástica. Además estas pinturas eróticas y explícitas, prohibidas en Japón durante gran parte del siglo XX, fueron fuente de inspiración para pintores de la envergadura de Henri de Toulouse-Lautrec, Claude Monet, Edgar Degas, Aubrey Beardsley e, incluso, para músicos como Claude Debussy y su célebre ‘La mer’. Actualmente, en Japón la sombra del ‘shunga’ es alargada: cine, manga, anime o tatuaje.

SU INFLUENCIA EN OCCIDENTE

El shunga llegó masivamente a Europa a partir del momento en el que el país nipón,  que había permanecido
recluido en sí mismo durante siglos, abrió sus puertas y reanudó el comercio con Occidente en 1854. De hecho, explica Bru en el libro, el comandante Perry, jefe de la expedición que rompió el aislamiento internacional de Japón, recibió como regalo “cajas de pinturas obscenas con hombres y mujeres desnudos”. Llegan a un continente
ansioso de romper tabúes y lo hacen a través de las compras de diplomáticos y viajeros, pero también de marchantes que empiezan a venderlos en establecimientos de París como La Porte ChinoiseoL’Empire Chinoise. Los principales
paladines de este arte fueron Baudelaire y Edmond de Goncourt, este último autor de dos extraordinarias monografías de Utamaro y Hokusai. “El otro día me compré algunos álbumes de obscenidades japonesas. Me deleitan, me divierten y encantan mis ojos”, escribe en 1863, y lo compara con el arte griego, “aburrido en su perfección, un arte que nunca se liberó del delito de ser académico”. Fue Goncourt quien descubrió los grabados japoneses al escultor Auguste Rodin, que de inmediato fue picado por el virus de la erótica japonesa, como le sucedió a Émile Zola, cuya casa tenía decorada con imágenes de “fornicaciones furiosas”, a juicio del historiador James Laver. La creación, por ejemplo, de su escultura en mármol La metamorfosis de Ovidio coincidió con ese súbito interés por el shunga, cuya colección descansa ahora en el Musée Rodin. Un día mostró a un crítico sus últimos dibujos junto a las estampas eróticas. “Parece que sus dibujos expresan más, pero sin haberlos comparado con estos grabados, probablemente no lo habría entendido o visto de inmediato”. “Por eso se los he mostrado juntos”, le respondió Rodin. “Ahora sé por qué mis dibujos tienen ese nivel de intensidad. Entre la naturaleza y el papel me he quitado el talento”.

Metamorfosis de Oviio. Rodin
Metamorfosis de Oviio. Rodin.
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Coleccion la flor del azafran

La colección de Rodin. ‘La flor de azafrán’, estampa
atribuida a Hokusú, que formaba parte de la
colección personal de arte erótico de August Rodin.
La pareja de amantes abrazados muestra una gran
similitud con la escultura en mármol
‘Amour et psyché’, realizada en
1885, periodo en el que representa
numerosas parejas
entrelazadas

Más allá de su colección de estampas de zoofilia, lo cierto es que Toulouse-Lautrec, pintor de los burdeles parisinos y los placeres de los cabarets, fue uno de los artistas cuya obra se vio impactada por el erotismo del Lejano Oriente. Ricard Bru lo bautiza incluso como el Utamaro de Montmartre, por cuanto, explica, al igual que Utamaro realiza series sobre las bellas cortesanas del barrio del placer de Yoshiwara, Toulouse-Lautrec firma una suite, Elles (1896), en la que se convierte en cronista del día a día de la vida de las prostitutas en el burdel.

Les deux amies’, de 1895.
Les deux
amies’, de
1895.
Ellas
Ellas

El autor señala asimismo a Degas como un ejemplo paradigmático de la influencia del arte japonés sobre muchos pintores

impresionistas de fin de siglo. Bru repara en las similitudes entre escenas íntimas femeninas y las estampas japonesas de su propia colección, más evidente en casos como La maison Tellier (1881),

l. La_maison_tellier. Degas
l. La_maison_tellier. Degas

degas

No obstante, el primer artista europeo en coleccionar arte shunga fue Marià Fortuny. Al menos es el primero del que se tiene constancia.
Se lo dio a conocer el también pintor Martín Rico durante una visita a Venecia: “Permaneció en silencio y luego me preguntó si podía prestarle los libros. Se los dejé, y al cabo de un mes me di cuenta de hasta qué punto Fortuny había alterado gran parte de su estilo y mejorado su pintura a la acuarela”. Bru sostiene que algunas de sus obras eróticas están relacionadas directamente con el shunga, como el estudio de la vagina en el que propone un retrato de la sensualidad sin complejos ni limitaciones.

fortuni
Fortuny

El autor no ha querido hacer un estudio exhaustivo, aunque en el libro pone muchos otros ejemplos (Beardsley, Sargent, Kirchner, Klimt, Schiele..) y se adentra en el sigloXX, con el primer Picasso,

picasso y shunga
picasso y shunga

quien tal vez las vio por primera vez en el museo del diplomático Lindau en el paseo de Gràcia; André Masson y su Paisaje erótico, las cabezas fálicas de Magritte o los pulpos de Dalí, para acabar con Isao, nieto de Artigas, el amigo con el que Miró viajó a Japón y estableciósu primera conexión con aquel mundo.

 
bibliografía
-Artículo de la Vanguardia “El historiador Ricard Bru explora en un libro
el impacto del shunga en el arte occidental”
-Breve historia del erotismo. Bataille George.

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