Cementerios, las ciudades de la memoria y los afectos

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“Cuanto más completamente ha vivido uno, cuanto más haya realizado sus capacidades creativas, menos temerá la muerte…La gente no teme a la muerte per se, sino lo incompleto de sus vidas.”

Lisl Marburg Goodman

Ante los avances en la investigación del comportamiento animal, no podemos decir que el ser humano sea el único que sabe con certeza que algún día va a morir, pero sí que es el único que entierra a sus congéneres y que deposita a los muertos en edificios o en lugares construidos expresamente para esta finalidad. Como dice Luis Fernández Galiano “somos el único animal que posee ritos funerarios, y antes de ser monos gramáticos fuimos monos sepultureros”

Los cementerios, las tumbas, los sepulcros y los epitafios nos dan información de la relación que el hombre estableció a lo largo de los siglos con la muerte, pasando desde las urnas en forma de cabaña a los panteones palaciegos o los nichos colmena… en cada uno de ellos puede descifrarse la división de la sociedad que las genera y su estudio en profundidad nos ha proporcionado un gran conocimiento tanto de la prehistoria, como del mundo clásico, del Medievo o de nuestra sociedad contemporánea.

Enterramientos extramuros

El ser humano lleva enterrando a sus muertos desde aproximadamente 100.000 años. Es muchísima la información arqueológica que nos ha proporcionado el estudio de las tumbas y sus ajuares en la Prehistoria y la Antigüedad clásica, al igual que es muchísima la información que nos pueden proporcionar los cementerios del siglo XIX y sus tumbas.

Sobre los primeros enterramientos de los que se tiene conocimiento en la Prehistoria no hay una única opinión científica pero si seguimos las premisas que determinó Lalueza Fox para considerar un enterramiento como intencional debían coincidir que los huesos estuvieran en conexión anatómica, que hubieran sido depositados en una fosa excavada para tal finalidad y que llevase relacionado algún tipo de ofrenda mortuoria que marcase la intencionalidad.

De tomar esto como requisito imprescindible, los primeros enterramientos con ofrendas funerarias que se conocen son los yacimientos musterienses (Paleolítico Medio) en Skhul y Qafzeh en Israel con una antigüedad alrededor de los 100.000 años, de humanos anatómicamente modernos. Para conocer los primeros enterramientos en Europa debemos tener en cuenta que no suelen aparecer con ofrendas mortuorias pero si suelen ubicarse en cuevas, lo que da pie a distintas teorías, pero todas en torno a yacimientos neandertales con cronologías cercanas a los 40.000 años de antigüedad.

Tumba de Cecilia Metella

Más fácil lo tenemos para la época clásica en la cual los cementerios se situaban fuera de las ciudades y sus murallas porque el mundo de los vivos debía de estar apartado del mundo de los muertos. Los enterramientos se sucedían en los márgenes de los caminos y algunos terrenos cercanos. Así pues, el roce con los muertos era continuado aunque suficientemente separado de la vida cotidiana. De hecho en Roma estaban prohibidos los enterramientos in urbe, es decir, en el interior de la ciudad, por la ley de las XII Tablas y posteriormente por el código teodosiano que repetía la misma prohibición. Desde entonces, las tumbas de los romanos se abrieron indistintamente tanto en el campo en la orilla de los caminos, como en jardines de pertenencia del difunto, o en un terreno comprado con ese propósito. Un ejemplo de este tipo de enterramientos lo encontramos en la Vía Apia en Roma.

Enterramientos intramuros

A pesar de las leyes romanas, los enterramientos acabaron entrando en las mismas ciudades de las que habían estado alejados durante milenios, no tanto por el cristianismo como aseguran algunos, sino por el culto a los mártires. Éstos eran enterrados en las necrópolis extraurbanas, comunes a cristianos y paganos, pero rápidamente se convirtieron en objeto de culto, siendo visitado por multitud de fieles que celebrarán misas para lo que terminarán construyendo capillas y basílicas para acoger a los peregrinos y canalizar este culto. A pesar de ser un movimiento clandestino tenían el derecho a ser enterrados en colectividad, –como el derecho romano reconocía para cualquier asociación– y aprovecharon antiguas galerías de canteras abandonadas como lugar de enterramiento, abriendo huecos rectangulares o cámaras con forma de arco para los mártires.

catacumbas de roma

Desde el Edicto de Milán en el 313 d.C., las catacumbas se convirtieron en lugares de peregrinación, creando entonces cementerios en superficie alrededor de la Iglesia conmemorativa para poderse enterrar junto a las reliquias de los santos, aunque estas iglesias continuaban todavía fuera de la ciudad. La arqueología ha demostrado ciertos amontonamientos de sarcófagos en varios estratos alrededor del ábside más próximo al lugar de profesión de la fe. Esta acumulación de estratos puede dar una idea de la cantidad de peregrinaciones que recibieron, digamos que el “turismo de cementerios” no es algo tan contemporáneo como pensamos.

Sin embargo, llegó un momento en el que la separación entre estos enterramientos y la ciudad desapareció, a pesar de que no había dejado de ser un lugar prohibido para las sepulturas. El crecimiento de las ciudades pudo condicionar que en la Edad Media los cementerios asociados a sus iglesias se hallasen ya en el interior de las mismas.

Para entender esta relajación de las costumbres y cambio de mentalidad es necesario consultar a Philippe Ariés en su obra “Historia de la muerte en occidente”. Ariés ejemplifica con el entierro del obispo San Vaast en la catedral la gran evolución en el pensamiento de la sociedad para que hubiesen visto ese entierro como algo normal. Dice Ariés: “La separación entre la abadía cementerial y la iglesia catedral quedaba pues difuminada. Los muertos, mezclados ya con los habitantes de los barrios populares de los suburbios –que se habían desarrollado en torno a las abadías–penetraban también en el corazón histórico de las ciudades. A partir de entonces ya no hubo diferencia entre la iglesia y el cementerio”.

Referencias como la de San Vaast podrían ser el mismo emperador Constantino, que en el siglo IV fue enterrado en el atrio de la basílica de los Santos Apóstoles en Constantinopla o Clodoveo, dos siglos más tarde enterrado también en otra basílica.

La palabra que mejor designaba el espacio de enterramiento junto a las iglesias era atrium o atrio, también denominado camposanto, aunque no se parecería a nuestro concepto actual de cementerio debido al carácter de lugar público y de reunión que tenía en la Edad Media, como el foro para los romanos o como una plaza pública más. Allí se reunía la gente tras la misa, se realizaban procesiones o movilizaciones militares, jugaban los niños y se celebraban los más diversos actos sociales. El cementerio era un espacio donde compartían su uso tanto los vivos como los muertos y desde entonces la parroquia se entendía como una nave con un campanario y un cementerio.

Debemos entender que en la Edad Media, el auge del cristianismo y la mezcla entre religión, economía y poder temporal fue tal, que en la mentalidad colectiva sólo la cercanía en el enterramiento a catedrales, iglesias o monasterios garantizaban la salvación de las almas. Sin embargo, tanto se preocupó por el destino de las almas que el cristianismo se desembarazó de los cuerpos, abandonándolos ala Iglesia, donde eran olvidados. Esta afirmación podría apoyarse en el hecho de que las sepulturas fueran completamente anónimas, los cuerpos estuvieran hacinados, se reutilizaran las fosas una y otra vez y se amontonaran los huesos revueltos en los osarios sin ningún tipo de pudor. Para Ariès estos serían signos de indiferencia en relación a los cuerpos físicos y esta misma indiferencia no cambiará hasta finales del siglo XVIII.

Sin embargo, debemos resaltar el hecho de que no todos los enterramientos se hicieron en las cercanías de la población, puesto que ya en el Antiguo Régimen se habían habilitado cementerios en las afueras de las ciudades por causa de las más diversas epidemias que asolaron a la población como pudiera ser la peste, con la intención de mantener los cuerpos alejados y no contagiarse… este racionamiento lógico será más tarde el principal argumento para hacerlos permanentes.

El exilio de la muerte

La convivencia con los muertos fue habitual hasta finales del siglo XVII cuando comenzaron los primeros signos de incomodidad ante el uso compartido del suelo entre los vivos y los muertos. Esa cercanía a la que se habían acostumbrado a lo largo de los siglos, y a la que estaban familiarizados, comenzó a romperse por diversos rumores de todo tipo, desde ruidos bajo las lápidas a enfermedades contagiadas tras visitar alguna iglesia. Todos estos rumores fueron objeto de estudio de ilustrados y médicos del siglo XVIII que consideraron que existía “una relación entre el ruido y las tumbas, las emanaciones de los cementerios y la peste”.

Además, comenzó a relacionarse el cementerio como vestíbulo del infierno, a pesar de tratarse de suelo consagrado y que sus tumbas estuviesen defendidas ante el mal, en sus alrededores podrían actuar tanto el demonio como las brujas. Así que la peste, el diablo y el cementerio se convirtieron en los tres vértices de un triángulo de influencias recíprocas.

Podemos atribuirle al protomédico del papa Clemente XI, a comienzos del siglo XVIII, el primer proyecto de construcción de cuatro cementerios públicos fuera de Roma, que, sin embargo, no pasó del papel. Pero a partir de ahí se multiplicaron otros proyectos e informes con el mismo objetivo en España y otros países. Encontramos denuncias y peticiones de no enterrar dentro de las iglesias por motivos de salud desde la segunda mitad del siglo XVIII, y como alternativa se propondrán otras ubicaciones fuera de las ciudades.

El siglo XVIII será el siglo de higienistas y racionales, y se denunciará la insalubridad de los cementerios prohibiendo definitivamente enterrar en el interior de las iglesias por considerarlo causa de epidemias. Según alguna de estas teorías ilustradas, el aire infectado traspasaba el mal a distancia corrompiendo todo lo que tenía a sus alrededores. De esta manera se volvió a instaurar la vieja separación espacial entre los vivos y los muertos, ubicándolos en las afueras de la ciudad.

Cementerio de los Inocentes

El proceso se aceleró en 1780 por causa de una epidemia en París que afectó al barrio donde se ubicaba el Cementerio de Los Inocentes, culpándosele de ser el foco de infección. En 1786 se clausuró definitivamente este cementerio y comenzaron a vaciarse los cementerios y las iglesias, y a trasladar los restos a las antiguas canteras subterráneas de la ciudad. Al mismo tiempo para satisfacer las necesidades de la gran urbe, se crearon nuevos cementerios alejados de la ciudad como el de Pére Lachaise, Montmartre y Montparnase.Habría que tener en cuenta que durante la segunda mitad del siglo XVIII fue cuando se asistió a la transición del modelo demográfico del Antiguo Régimen hacia uno moderno, definido por la remisión de epidemias masivas y la estabilización de la mortalidad general e infantil, y el aumento progresivo de la población que esto ocasionó. En el caso de los enterramientos la capacidad de las iglesias ya se veía desbordada en periodos de mortalidad normal, acentuándose gravemente en años de epidemia que obligaba a desenterrar los cadáveres sin que hubiera trascurrido el tiempo necesario para su total descomposición, y almacenando los restos semicorruptos en los osarios. Esta situación convirtió a estas iglesias en focos de infección permanente
Francia sería la primera en decretar la prohibición de enterramientos en las iglesias, pero España no tardó en seguirle. El 3 de abril de 1787 Carlos III decretó el suyo a través de una Real Cédula en que se prohibía severamente enterrar en las iglesias en beneficio de la salud pública restableciendo la antigua disciplina de la Iglesia en el uso de los cementerios extramuros según el ritual romano y ordenando el uso de cementerios ventilados para sepultar los cadáveres de los fieles. Solamente quedarán reservadas como excepción mediante la ley II, título 13 de la partida 1ª las condiciones de los que podrán seguir enterrándose en las iglesias, exclusivamente gente “de señalada virtud” instando a la Iglesia a correr con los gastos.

Sin embargo no llegó a cumplirse, y en 1804, una circular de Carlos IV hubo de recordarla y exigir su aplicación. Se sucedieron disposiciones complementarias y Reales Ordenes sobre el mismo asunto desde 1799 hasta 1840, sin embargo a mediados de siglo aún no se habían construido cementerios fuera de poblado en más del 50% de los pueblos de España.

El primer cementerio que se construyó bajo auspicio real, anejo a un lugar muy concurrido por su cercanía a la Corte y financiado por el erario real, fue el cementerio del Real Sitio de San Ildefonso, por inspiración ilustrada francés y no fue hasta 1804 cuando el Gobierno empezó a llevar a cabo un plan de construcción de cementerios municipales en España.

La guerra de la Independencia se encargó de cortarlo y retrasarlo, a pesar de los impulsos dados por José I en 1809. Además se sumaron problemas jurídicos entre el municipio y la iglesia sobre de quien era la jurisdicción y sobre quién era el que tenía que sufragar los nuevos cementerios que también influyó en el retraso.

Desde la orden de 1787, la construcción recaía sobre los párrocos mediante el dinero de las fábricas de las iglesias pero esto debió de modificarse en 1806, 1833, 1834 y 1840, auspiciando a los Ayuntamientos a su construcción y dándoles facilidades financieras. En el Reglamento de 8 de abril de 1833 se determinaba que “los cementerios sean construidos con fondos municipales aunque su custodia seguirá correspondiendo a las autoridades eclesiásticas.

Tipología de los nuevos cementerios

Como Richard A. Etlin explicó en su obra The arquitectura of Death, se produjo un intercambio de diseños de estos nuevos espacios entre Inglaterra y Francia puesto que el “Jardín inglés” dieciochesco en el que se incluían mausoleos y tumbas dentro de un paisaje fue adaptado en Francia, cuyo máximo exponente fue el cementerio de Pere Lachaise, y éste convertido nuevamente en modelo a imitar fue importado a Inglaterra influyendo en el diseño de Kensal Green y el cementerio de Highgate, aunque con la diferencia jurídica de que estos últimos eran privados para sus ilustres clientes y el cementerio francés era municipal, en cuyo diseño se incluían fosas gratuitas para pobres financiadas con los ingresos que provenían de otras partes del cementerio

Pere Lachaise
Highgate

A pesar de esto, con el tiempo los nuevos cementerios se fueron quedando sin espacio y su arquitectura tuvo que ser replanteada desde dos posibles direcciones, o arbitraban soluciones para que el jardín continuara siendo protagonista en su diseño, fieles a la tipología de cementerio-jardín, o se cedía ante el empuje de la arquitectura olvidando en su desarrollo la planificación inicial del conjunto. El mundo Anglosajón, Centroeuropa y la zona norte seguirán fieles al paisajismo mientras que la Europa mediterránea tenderá hacia el segundo modelo.

Las causas de esto pueden ir desde la geografía hasta motivaciones más internas, puesto que en los países con una buena climatología se hacía más favorable el cuidado y mantenimiento del jardín que en la zona Mediterránea, que corría el riesgo de convertirse en un erial si no se cuidaba correctamente, tendiendo al embellecimiento mediante mausoleos y panteones. En Málaga podemos disfrutar fácilmente estas dos tipologías tan diferentes en Europa en menos de 2,5 kilómetros uno de otro, el cementerio de San Miguel totalmente arquitectónico y ornamental frente al cementerio inglés totalmente ajardinado.

Volviendo a estas dos líneas de desarrollo, debemos explicar cómo terminaron generando versiones radicalizadas de sí mismas. El cementerio-jardín terminó radicalizándose con el tiempo en un cementerio paisajístico abierto y despejado que huye de la escenografía de jardín romántico, más igualitario desde su concepción y mucho más simple en su simbolismo frente a los tradicionales signos de ostentación, expresando sus significados por abstracción y siendo el Cementerio del Bosque en Estocolmo fiel ejemplo de este tipo.

Cementerio Estocolmo
Cementerio del Bosque de Estocolmo

A su vez, los cementerios de las grandes ciudades mediterráneas e hispanoamericanas trasformaron el espacio en una ciudad a pequeña escala, una maqueta en la que imperaba el horror vacui y en la que se reproducían las imágenes suburbanas de las sepulturas y nichos más modestos frente a otras maravillas arquitectónicas de todos los estilos, coexistiendo clasicismo, historicismos variados y modernismo como si de un catálogo de arquitectura o de esculturas se tratasen, expresando sus significados mediante el dramatismo y el efecto acumulativo, sirviendo de ejemplo el Cementerio monumental de Staglieno de Génova.

Cementerio de Staglieno
Cementerio de Staglieno

No permanezcas ante mi tumba llorando;No estoy allí. No duermo.Soy un millar de vientos que soplan.Soy el diamante que destella sobre la nieve.Soy la luz solar sobre el grano maduro.Soy la lluvia gentil del otoño.Cuando te despiertas en la calma de la mañana. Soy el apremio que remonta apresuradoEl vuelo circular de las aves silenciosas.Soy las estrellas indulgentes que en la noche brillan.No permanezcas ante mi tumba llorando;No estoy allí.
Yo, No he muerto

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