Andrea del Pozzo, un jesuita, maestro de las ilusiones ópticas

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Apoteosis de San Ignacio.

Andrea Pozzo.

Iglesia de San Ignacio de Loyola. Roma. 1685-1694.

La pintura barroca italiana evoluciona en la segunda mitad del S. XVII hacia una tendencia eminentemente decorativa donde se desarrollan en plenitud las consignas que venían definiendo el estilo Barroco desde su origen: la aparatosidad grandilocuente, el efectismo ornamental y la teatralidad escénica de sus representaciones. Es además un recurso muy efectista en el esfuerzo propagandístico que persigue la Iglesia católica postridentina.
Por eso no es de extrañar el éxito de una serie de pintores que hacen del ilusionismo pictórico una moda creciente que enlazará sin interrupción con el sentido igualmente decorativo de la pintura rococó.
Entre estos pintores ilusionistas destaca en primer término la obra de Pietro de Cortona, que es quien inicia este movimiento con su decoración del Palacio Barberini en Roma y de varios salones del Palacio Pitti en Florencia. Sigue su estela Giovanni Battista Gaulli (Il Baciccio), que decora la Iglesia de Il Gesú, en Roma, aunque es sin duda Andrea Pozzo quien culmina esta tendencia decorativa de la pintura barroca italiana, gracias a sus frescos espectaculares de perspectivas grandiosas, que lo convierten además en el maestro del trompe l’oeil o trampantojo.
Andrea Pozzo es además de pintor, arquitecto y escenógrafo, por lo que no debe de extrañar que aplicara sus conocimientos en estos campos a su obra pictórica, sin olvidar que son sus estudios de matemáticas y geometría los que le permiten acometer ejercicios de perspectiva que son tan complejos como espectacular es su resultado final. Culminación de todo este talento es su obra magna en la Iglesia de San Ignacio de Roma, construcción levantada por iniciativa del Papa Gregorio XV en 1622 y construida por Horazio Grassi a partir de 1627. Es significativa la relación de todos ellos con la Compañía de Jesús, incluido el propio Andrea Pozzo, profeso jesuita también él, porque es la Compañía de Jesús, verdadera triunfadora del Concilio de Trento, la congregación católica más implicada en la propagación y difusión de las nuevas doctrinas, utilizando el arte en su provecho con la mayor carga de vistosidad y atractivo.
En la Iglesia de San Ignacio, realiza Pozzo tres grandes proyectos: el del ábside representa la oración del santo en la Capilla de La Storta, cuando desconsolado por no haber podido ir a Tierra Santa se le aperecen Padre e Hijo, acompañados de San Francisco Javier y San Francisco de Borja. Más espectacular es su solución pintada en la cúpula de la iglesia, pues las dificultades económicas que finalmente impidieron a los constructores realizar un cúpula sobre el crucero, las resuelve Pozzo alegremente diseñando una enorme cúpula fingida sobre la cubierta plana, que no obstante consigue el efecto ilusionista de contemplar una cubierta hemiesférica, en la que junto a los elementos arquitectónicos igualmente pintados incluye las figuras de cuatro personajes del Antiguo Testamento afamados por haber ajusticiado a los enemigos de la “verdadera religión”: Giaela, Sansón, David y Judith.
Aunque es en la nave de la iglesia donde el trabajo de Pozzo resulta sin duda más impresionante. No olvidemos en primer lugar que se trata de un espacio de 17 m. de ancho por casi 40 metros de largo, que Pozzo cubre con un fingimiento de bóveda y elementos arquitectónicos sobre una techumbre que en realidad es plana. Para ello utiliza su mejor técnica al fresco y un efecto de perspectiva basado en la técnica ilusionista de la Quadratura, así llamada por necesitar de la cuadrícula como matriz para mejor representar los trampantojos arquitectónicos. Ello supone la corrección óptica de las estructuras para su perfecta visión desde abajo, así como la utilización de varios puntos de fuga. Recursos todos ellos que Pozzo compendiará en su obra teórica Pictortan et Architectoruni, un tratado de perspectiva arquitectónica que servirá de base a los estudios de dibujo y pintura hasta el S. XIX por lo menos.
La enorme pintura de la bóveda se titula en realidad El papel de San Ignacio en la expansión del nombre de Dios por el mundo, y representa iconográficamente la labor misionera de los jesuitas por todo el orbe. Así en el centro de la composición, en un característico “rompimiento de gloria” típicamente barroco, aparece Dios Padre que proyecta su luz sobre el Hijo, que a su vez lo transmite hacia San Ignacio, del cual parten cuatro haces de luz que como rayos de la evangelización se dirigen hacia los cuatro continentes, representados por medio de figuras simbólicas en las cuatro esquinas de la composición: Europa, como una matrona a caballo, y sobre ella San Francisco de Borja y Estanislao de Kostka dirigiéndo al cielo a sus adeptos. Asía sentada sobre un camello, y sobre ella San Francisco Javier elevando a sus seguidores al cielo. África es una mujer con un colmillo de elefante en una mano y sentada sobre un cocodrilo, sobre la que se elevan misioneros jesuitas africanos. Finalmene América, representada como una mujer india luchando con un gigante, sobre la cual vuela un ángel blanco con una llama encendida, símbolo también de la evangelización americana.
Un completo homenaje triunfal a la labor jesuítica, convertida por ello la pintura en todo un alarde propagandístico de la Compañía, así como de su poder e influencia crecientes en el seno de la Iglesia.
Desde el punto de vista estrictamente pictórico, la obra de Pozzo es un reflejo fiel de la pintura del último barroco, en la que el paroxismo creciente que desembocará en los excesos del Rococó ya se evidencian claramente. Las composiciones movidas; la estructura en espiral en un continuo movimiento ascendente y descendente de toda la figuración, que contribuye a la agitación de todo el conjunto; el desequilibrio en las figuras; los colores intensos y brillantes; los acusados contrastes lumínicos, con brillos y luces constantes que igualmente suman movimiento y convulsión, y que alcanzan su cenit en el rompimiento de gloria central; así como los recursos perspectivos y de fingimiento arquitectónico ya señalados, completan el efectismo asombroso de esta pintura que representa mejor que ninguna el triunfo de la apariencia.

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