Anita Berber y sus siete adicciones y cinco profesiones

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Anita Berber retratada por Otto Dix

La noche caía en la expresionista Berlin de los años 20, rebosante de cafés, cabarets y locales nocturnos de dudosa reputación que pintara Kirchner. En la Potsdamer Platz, una muchedumbre esquivaba el cruce de tranvías y se abría paso entre coches tocando el claxon. Un flâneur a la caza del instante, el joven Brecht con el cigarro en los labios, soldados con el cuello de la camisa desabotonado, artistas, políticos, cocottes, todos querían ver de cerca a la mujer más famosa de Alemania.

Berlin Street Scene by Ernst Ludwig Kirchner

Desnuda debajo del abrigo de marta, con un mono- mascota colgado del cuello y su broche de plata repleto de cocaina, Anita Berber repartía sonrisas y frases descaradas, que solo una diosa podía permitirse. Su rostro estaba en todos lados: en el escenario con sus celebraciones de” depravación, horror y éxtasis”; en los periódicos y revistas de entretenimiento y en la gran pantalla con la primera película de la historia que mostraba la homosexualidad en forma positiva. Bailarina, actriz, escritora y escandalosa de vocación, Anita Berber fue un símbolo de la Weimar decadente y libertina, diosa de una noche que aún no devenía en la más negra de las noches.

La Primera Guerra Mundial había terminado, Cascos puntiagudos, horrores, penurias y vidas sesgadas eran cosas del pasado. Berlín, la capital de Weimar, vivía un momento histórico, excitante, su gente se aferraba a la vida en todas sus manifestaciones, querían sentir el amor, el sexo, la belleza, la libertad para plasmar la más delirante de las fantasias.
Para muchos, la ciudad con su erotismo exacerbado, se había convertido en la Sodoma del siglo XX. Mientras, la hiperinflación, el paro y la miseria hundían a gran parte de la población, la poderosa industria del ocio crecía aceleradamente en torno de la prensa, la radio y sobre todo, el cine. Los teatros, clubes y cabarets se nutrían de la fecunda riqueza intelectual, el ambiente de efervescencia cultural y el auge de las vanguardias.


Los jóvenes se comportaban de manera indisciplinada, ya no sentían respeto alguno por sus mayores. Leían autores depravados como Dostoyevski, se fascinaban por la ópera de cuatro peniques de Brecht y las puestas en escena de Pirandello, los pensamientos de Heidegger, el teatro expresionista de Wedekind o la poesía de Chulolsky. Fogosos y entusiasmados, los berlineses se habían lanzado a experimentar por el camino del arte y sobre todo, en el de la sexualidad y las relaciones poco convencionales. En ese paisaje destacó la transgresora Anita Berber.

Había nacido en 1899, en la sajona Leipzig, que alguna vez fue escenario de batalla entre la Francia napoleónica y la coalición aliada de Prusia, Rusia Austria y Suecia.
Su padre, reconocido violinista, y la madre, cantante de cabaret, se separaron cuando Anita tenía pocos años y fue la abuela en Dresde quien la crió. En la adolescencia estudió danzas y para 1917 se había convertido en una estrella en ascenso. Era bella y talentosa y necesitaba urgente escapar del hogar y hacer la vida que quería. En 1919 encontró el hombre mayor-rico-complaciente, se casó y comenzó alegremente y sin problemas a disfrutar de aventuras con hombres y mujeres. Anita destacaba, siempre iba mucho más allá en la danza o el guión en las películas mudas en que participó. Era audaz y no tenía tabúes con el sexo, como demostró en 
Anders als die Andern (Diferente a los demás), film que marcó un hito para los homosexuales en 1919.

El baile sin embargo era su pasión y fue allí donde alcanzó la mayor notoriedad, con su estilo rupturista y transgresor que fascinaba al público.

La gente respondía con aullidos a ese erotismo ostentoso, que incluía desnudos totales en el escenario. Muchos la adoraban, pero otros tantos la consideraban una Salomé, la encarnación de la perversidad.
Anita disfrutaba de su reputación de
chica mala y levantó la apuesta con espectáculos cada vez más audaces y repletos de la imaginería expresionista, como “Suicidio” “Morfina”, “Casa de Locos” o las famosas performances de “Danzas de la depravación, horror y éxtasis”.
                                
La sexualidad de la diosa no se limitaba a la escena, de hecho Anita nunca supo (ni quiso enterarse) de los límites entre actuación y vida privada. Abajo del escenario no ocultaba su bisexualidad y androginia, se casó tres veces y con el segundo marido compartió el gusto por lo salvaje. En su círculo de amistades entraban famosos personajes de los bajos fondos, prostitutas, mafiosos, boxeadores. Sus relaciones lésbicas eran numerosas y públicamente conocidas, al igual que su irremediable adicción a la cocaína y esa mezcla de morfina y coñac a la que era tan aficionada. ¿Amantes? Incontables. Su harem sexual incluía –según se dice- una jovencita Marlene Dietrich; Magnus Hirschfeld (fundador de la sexología moderna y la liberación gay), Klaus Mann, el niñito terrible de Tomas Mann; Conrad Veidt y hasta el rey de Yugoslavia. La leyenda cuenta que en una pelea, Anita insultó públicamente al monarca e incluso lo abofeteó. La osadía le costó unas seis semanas en la cárcel.
                                   
De todas formas, la popularidad y gloria de Anita Berber, duraría sólo unos pocos años. Cuando los berlineses saciados de sus libidinosas travesuras se cansaron, la otrora diosa se convirtió en “
una carroña que hasta las hienas ignoraban”. 
El famoso Otto Dix la retrató cuando los excesos comenzaban a deteriorar física y mentalmente a la pelirroja.

Envejecida,demacrada, vociferante, medio loca y perdida, tenía apenas 27 años cuando una tuberculosis la barrió de la escena de la vida en 1928. La mujer más escandalosa de la Alemania de los 20, fue enterrada en un cementerio para pobres que perdió sus restos en una inundación. La noche de los tiempos, con sus luces mortecinas, se tragó la diosa, un ratito antes del ascenso de los nazis al poder.

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