LOS APACHES : Los gamberros de la Belle Epoque

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un grupo de apaches parisinos posando ante la cámara

LOS PIELES ROJAS. UN ORIGEN INCIERTO

Originarios de barrios del noreste de la capital gala, como Belleville, la Bastilla, la Vilette, Ménilmontant o Montmatre, les apaches deben su nombre a la prensa de sucesos de la época. Fue el 12 de diciembre de 1900 cuando el columnista Henri Fourquier en su crónica del periódico Le Matin recogió de manera irónica la existencia de una “tribu de Apaches” que se había trasladado de las Montañas Rocosas a los distritos insalubres de Paris. Sin duda, la brutalidad de las acciones cometidas por estos jóvenes parisinos indujo al periodista a compararles con aquellos indígenas americanos que poblaban las tierras de Arizona, Nuevo Méjico y Texas, cuya imagen estereotipada había lanzado a la fama la novela de Fenimore Cooper, El último mohicano, publicada en 1826. A raíz de la popularización de dicha obra y de la fascinación que suscitó en Francia la cultura de los indios americanos tras la gira europea del espectáculo circense Buffalo Bill’s Wild West, fue habitual desde la segunda mitad del siglo XIX el uso de la voz “Peaux- Rouges” (pieles rojas) para referirse a los jóvenes residentes de los suburbios de la capital.

A pesar de ello el origen del nombre resulta incierto. Según otras fuentes, se remonta a la detención por parte de la policía de un joven de dieciocho años apodado “Terror”, miembro de la banda de Belleville. Durante los interrogatorios el rufián se jactó con arrogancia de los diversos delitos cometidos llegando a exasperar al inspector encargado del caso que llegó a exclamar: “¡Os comportáis como apaches!”. Tanto gusto a “Terror” el apelativo que no dudó en afirmar: “Eso es, apaches”. Otras versiones apuntan a un reportaje sobre un altercado acaecido en Montmatre que describía “la furia de un incidente entre dos hombres y una mujer similar a la ferocidad de los salvajes indios apaches en una batalla”. Mientras una tercera interpretación apunta como procedencia del término el descubrimiento de un cadáver brutalmente torturado que se encontró en la calle Faubourg du Temple, un hallazgo que trascendió bajo el titular: “El crimen cometido por los Apaches de Belleville”. Sea como fuere, parece claro que la denominación apache en referencia a estas pandillas callejeras integradas por jóvenes parisinos fue una invención de los medios de comunicación de la época. Así al menos lo confirman los interrogatorios hechos por la policía en los que los jóvenes pillos negaron identificarse con dicho vocablo. A pesar de ello, el término fue popularizado por la prensa mediante titulares sensacionalistas como “Los Apaches aterrorizan Paris”, “Bandas de asesinos de Paris” o “Una ejecución sangrienta en el centro de Paris”. Desde ese momento los apaches pasaron a ser sinónimo de estafadores, proxenetas y ladrones.

portada que identifica a los apaches como “la plaga de Paris”

El fenómeno apache posteriormente se expandió a los barrios más céntricos de la capital, formándose pandillas en zonas como Maubert, La Mouffe, Montparnasse o Les Halles. También se irradió a otras ciudades francesas, como Marsella o Lyon, aunque allí tomó otras denominaciones, como “nervis” o “kangourous” respectivamente.

LA CONSTRUCCIÓN DE UNA IDENTIDAD JUVENIL

Fourquier en su artículo definía a los apaches como unos pandilleros semi nómadas, huérfanos o desvinculados de sus familias, que al no contar con un trabajo fijo se dedicaban a deambular por las calles. Por su parte, la policía les tildaba de ejército de criminales. Estos jóvenes, de edades comprendidas entre los 10- 20 años, solían agruparse en pandillas. Las más afamadas fueron Les Coeurs d’Acier (corazones de hierro), Les Riffaudes, Les Aristos, Gars de Charonne, Les Habits Noirs o la banda de Manda.

Usaban una jerga callejera propia e ininteligible para el resto de la ciudadanía, el jare. Además, poseían un código de justicia particular que castigaba con dureza cualquier traición o delación. Se les identificaba fácilmente por su vestimenta, caracterizada por el uso de chaquetas de satén negras, camisas de colores extravagantes, blusas azules, chalecos, camisetas rayadas de marinero, cinturones de franela roja, fulares de colores (con el que se reconocía a la banda a la que pertenecían), gorras planas y sus inconfundibles pantalones de fieltro apretados en las rodillas conocidos popularmente como Bénard, en horno al sastre que los confeccionó, Auguste Bénard. De hecho consiguieron tanta fama que desde entonces la palabra bénard y sus derivadas, ben o bénouze, pasaron a formar parte del argot parisino como sinónimo de pantalón. En la época de los apaches también eran conocidos como los pantalones “dolor de barriga”, debido a sus enormes bolsillos delanteros que eran empleados por los jovenzuelos para ocultar armas y los objetos que sustraían. Completaban su vestuario con un par de botas lustradas de color amarillo con botones de oro.

Otro de los elementos que les definían era los tatuajes, que por aquel entonces solían lucir únicamente los marineros y aquellos que frecuentaban los bajos fondos. Uno de los más característicos de los apaches era el llamado “oeil de biche”, un pequeño tatuaje que llevaban alrededor de los ojos. Por lo general, acostumbraban a tatuarse el pecho y los brazos con motivos diversos.

un grupo de pillos de barrio parisinos a inicios del siglo XX

Las bandas de jóvenes pandilleros proliferaron en Paris a partir de mediados de la primera década del siglo XX. La trascendencia mediática de las acciones de los primeros apaches favoreció la extensión del fenómeno entre los jóvenes de los barrios más desfavorecidos. Convertirse en un apache significaba para muchos de estos adolescentes conseguir un cierto estatus, aunque ello fuera a cualquier precio.

el revólver apache podía ser usado como pistola, navaja o puño americano

UNA HISTORIA DE SAVATE, REVÓLVERES Y CUCHILLOS

Entre el armamento que acostumbraban a usar destacaba un tipo de pistola muy peculiar, el llamado “revólver apache”. Una arma de fuego sin tambor de 7 milímetros de calibre y poco más de 400 gramos de peso que a la vez podía usarse como navaja o puño americano, de aquí que también fuera conocido como “margarita” ya que se abría como una flor. Un peculiar revólver que inventó en 1860 el belga Dolne Brevete. Otros elementos habituales en las peleas eran los palos, las porras, los anillos con clavos (como el popular “golpeador espina”), las muñequeras de bronce con puntas afiladas que causaban graves heridas a los policías que intentaban detenerles o los bastones con punta afilada cortante, aunque la arma predilecta era una especie de cuchillo delgado y puntiagudo llamado “zarin” que podían esconder con facilidad entre su ropa para que pasara inadvertido y así poder sorprender a sus víctimas.

Además de este arsenal, los apaches también se caracterizaron por su agresividad en el cuerpo a cuerpo. No en vano desarrollaron una forma de lucha callejera a partir del savate (un estilo de lucha surgido de los barrios bajos cuando la legislación francesa consideró los puños como arma letal y que evolucionó hasta convertirse en un arte marcial, el boxeo francés). La prohibición de pelearse a golpes de puño en las calles bajo pena de ser movilizado durante un largo tiempo en el ejército provocó la evolución de la lucha callejera de los apaches. Para evitar la nueva legislación desarrollaron la llamada lutte parisienne (lucha parisina) y todo tipo de artimañas, como el “golpe de Pére François”, consistente en acercarse sigilosamente por detrás de la víctima para echar una bufanda sobre su cabeza apretando el cuello mientras se obstruye con un puño la espalda mientras un cómplice desvalija al asaltado.

una muestra del arsenal usado por los apaches y los delincuentes de la época

LA “PLAGA APACHE”: LA BATALLA DE LA BASTILLA

Más allá de la supervivencia vital, los apaches ansiaban prosperar y gozar de reconocimiento social. Una de las vías para conseguirlo, aparte de lucir un vestuario peculiar y mostrar una actitud altiva y desafiante, era a través de las prácticas violentas, entendidas como método para conseguir respeto. Los apaches se preocupaban por su honor, por mantener una reputación ganada a puñetazo limpio. La agresión, lejos de ser sancionada o mal vista, era jaleada como un medio para lograr cierta notoriedad social. Por ello no dudaban en asaltar a los transeúntes para robar un par de zapatos y así poder lucirlos ante sus compañeros de pandilla.

Nada era demasiado escandaloso o inmoral para ellos. Algo obvio si tenemos en cuenta los diversos sucesos que protagonizaron, desde robos o asesinatos de ancianas, hasta agresiones a policías a plena luz del día e incluso ataques a los bomberos que extinguían los incendios que previamente ellos mismos habían provocado. No es de extrañar pues que se convirtieran en un todo fenómeno social en aquellos años. Sin duda, el incidente que tuvo mayor repercusión fue la batalla campal ocurrida el 14 de agosto de 1904 en la Plaza de la Bastilla en la que participaron diversas pandillas de apaches. Los hechos se iniciaron cuando dos bandas adversarias se enzarzaron en una pelea con cuchillos y revólveres en la que perecieron tres jóvenes y siete más resultaron heridos. Los altercados, lejos de finalizar, se recrudecieron extendiéndose a las calles adyacentes. Cuando ochos agentes del orden, alertados por los vecinos, acudieron para mediar en la reyerta los hechos dieron un súbito vuelco. Ante la presencia policial, los apaches unieron sus fuerzas. Durante horas el centro de Paris se convirtió en un campo de batalla a la que se incorporaron más de un centenar de apaches de otras bandas. De los ochos policías que trataron de apaciguar los ánimos seis acabaron en el Hospital de Saint Antoine de Paris con heridas de bala. La llegada de refuerzos provocó la huida de los pandilleros, nueve de ellos yacían malheridos sobre el pavimento de la plaza.

prácticas represivas empleadas por las autoridades contra los apaches

LA CREACIÓN DE LAS BRIGADAS DEL TIGRE. LOS INTOCABLES DE CLEMENCEAU

La magnitud del fenómeno apache superó a las autoridades. Los 8.000 agentes y 1.000 inspectores con los que contaba la dirección de seguridad en la capital eran escasos para enfrentarse a los casi 30.000 jóvenes pandilleros parisinos, toda una plaga según medios como Le Petit Journal. Ante la gravedad de la situación el entonces ministro de Interior Georges Clemenceau promovió en 1907 la creación de las llamadas Brigadas regionales de policía móvil, popularmente conocidas como las Brigadas del Tigre en honor al apodo del propio Clemenceau –le tigre–, un escuadrón policial especializado en el combate cuerpo a cuerpo y entrenado en técnicas de savate dirigido por el comisario Jules Sébille. Ni siquiera así el gobierno puedo acabar con la criminalidad y las fechorías de los apaches. Una situación que provocó que la propia población se organizara en patrullas para preservar el orden en sus calles.

Pero lo que las autoridades no pudieron enmendar si lo hizo la guerra. Sin ninguna duda el punto de inflexión del fenómeno apache fue el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 en la que fueron movilizados muchos de estos jóvenes pandilleros. Tras la contienda bélica el estilo entró en declive, en parte por las bajas humanas producidas durante el conflicto. Sin embargo, el fenómeno apache a pesar de languidecer dejó una fuerte impronta en Francia. Tras dos décadas de implantación los apaches lograron convertirse en todo un mito.

Más allá de su periodo de implantación en Francia, el fenómeno apache trascendió dejando una fuerte impronta en la cultura popular. Prueba de ello serian el llamado baile apache o la pretensión de recuperar la esencia del estilo por parte de determinadas agrupaciones políticas actuales.

estampa de un apache, cuchillo en mano, llevando en brazos a una joven

LA REPERCUSIÓN POPULAR. EL BAILE APACHE

No sólo el atuendo y las prácticas violentas caracterizaron a los jóvenes apaches. También tuvieron tiempo para el asueto y, como la mayoría de estilos juveniles, adoptaron referentes sonoros propios. Cuando caía la noche era habitual que estos jóvenes abandonaran las callejuelas para sumergirse en el universo subterráneo y golfo de la ciudad. Lejos de olvidar los encontronazos matutinos practicaban un tipo de baile, con un claro componente de violencia, que los recreaba, la denominada “apache danse”. De hecho era habitual que muchos de los que participaban acabasen magullados e incluso heridos por la virulencia frenética de la danza. Nada extraño si tenemos en cuenta los lanzamientos de bancos y sillas que se producían. Algunos expertos incluso apuntan a que podría tratarse de una especie de “capoeira a la parisien” mediante la cual los jóvenes aprendían los métodos y técnicas de combate que ponían en práctica en las calles de la capital gala. Un tango “a lo maltratador”, que recreaba un encuentro callejero acalorado entre una prostituta un proxeneta, durante el cual se sucedían las bofetadas, los puñetazos e incluso el hecho de lanzar o tirar el cuerpo de la mujer al suelo y luego cargar con él mientras ella fingía estar inconsciente. Un ritual que se aderezaba con la música del llamado “Valse des rayons”, también conocido como “Valse chaloupée”, una obra de Jacques Offenbach que en 1908 se había popularizado en salas de espectáculos parisinas como el Moulin Rouge o el restaurante Maxim’s.

anuncio de una sesión de Valse Chaloupée en el Moulin Rouge

En relación a la “apache danse”, lo más curioso no resulta su escenificación sino el hecho de que atrajera a los bajos fondos a muchas damas de la alta sociedad que buscaban emociones fuertes. Así, fue habitual que estas mujeres de clase acomodada frecuentasen locales y salones de baile de zonas como la Bastilla o Montmatre. Allí, rodeadas de rostros anónimos se desmelenaban junto a los jóvenes apaches en bailes impetuosos.

Tal fue la popularidad de la danza que tuvo su traslación al cine. Desde la década de los treinta del siglo XX el baile apache hizo apariciones esporádicas en diversas películas, como Luces de la ciudad (1931) de Charles Chaplin, Ámame esta noche (1932) protagonizada por Maurice Chevalier, Charlie Chan en París (1935), Estás en el ejército ahora (1941) o Pin Up Girl (1944) por citar algunos ejemplos.

danza apache, Alexis et Dorrano (1934)

AMAZONAS. LAS MUJERES APACHES

Como la mayoría de estilos anteriores a la Segunda Guerra Mundial, los apaches fueron un fenómeno eminentemente masculino. La presencia femenina en las pandillas, a pesar de ser minoritaria, se hizo notar. Las llamadas amazonas, así es como fueron denominadas las muchachas que se integraron en dichas pandillas, no se amedrentaron a la hora de empuñar el cuchillo o participar en peleas. También eran utilizadas como mensajeras u observadoras de otras bandas rivales. Su papel fue activo en las pandillas apaches aunque la mayor trascendencia de los altercados protagonizados por sus homólogos masculinos les restó protagonismo.

A pesar de la preponderancia masculina existente en el seno de las bandas apaches parisinas, las amazonas también lograron cierta notoriedad pública, sobre todo a raíz del denominado “caso Casque d’Or”.

                            Amélie Hélie, la prostituta conocida como “Casque d’Or”

 

EL CASO “CASQUE D’OR”.

Una de estas mujeres que merodeaban el ambiente frecuentado por los apaches y logró cierta trascendencia fue Amélie Hélie, conocida como Casque d’Or. Nacida en el distrito XX de Paris en 1878 en el seno de una familia humilde, desde su adolescencia ejerció la prostitución. Cuando cumplió los veinte años esta bella pelirroja se enamoró de Marius Plaigneur, un joven que trabajaba como pulidor y acabó abandonando su empleo para convertirse en protector de su amada. Después de acoger a nuevas pupilas se erigió en líder de la temida banda Orteaux. A partir de entonces pasó a ser conocido como “Manda” u “Homme”, mientras Amélie tomó el alias de “Casque d’Or”.

El suceso, conocido como el “caso Casque d’Or” aconteció una noche en la que Manda y su amante se fueron a cenar junto a otro reputado proxeneta, Dominique Leca, cabecilla de la banda Popincourt, y su partenaire Germaine Panther. Tras un flirteo entre Leca i Amélie Hélie los dos pandilleros salieron a las puertas del local a dirimir sus diferencias. El hecho desencadenó una guerra de bandas que enfrentó a la pandilla de Bellevieu encabezada por Manda contra los apaches de Popincourt liderados por Leca.

postal que reproducía el enfrentamiento entre Manda y Leca por Casque d’Or

UN DESAIRE COMO DESENCADENAMIENTO DE UNA PELEA DE BANDAS

La pelea se saldó con Leca detenido con dos balazos en el cuerpo. Rápidamente fue trasladado al hospital Tenon, lugar al que se dirigió Casque d’Or para interesarse por su estado. Cuando se encontraba ayudando a subir a un taxi al malherido Leca oyó un grito: “Los Orteaux”. Por sorpresa aparecieron Manda y dos de sus lugartenientes con ansías de venganza, luciendo un pañuelo rojo en el cuello y un cuchillo en la mano asestaron un par de navajazos al líder rival para luego esfumarse entre los disparos de los pandilleros de Popincourt que trataban de proteger a su cabecilla. La gravedad de las heridas provocó un nuevo ingreso hospitalario de Leca. Pronto se personaron las autoridades para dilucidar lo acontecido y fue entonces cuando el pandillero inculpó a su rival ante el comisario Deslandes, algo inusual en las trifulcas entre bandas apaches. Con la declaración de Leca la policía detuvo de inmediato a Manda.

JUICIO A UN PECULIAR TRIÁNGULO AMOROSO

El 31 de mayo de 1902 comenzó el juicio contra Manda en el tribunal penal del Sena de la capital gala. La amplificación mediática del mismo convirtió a Amélie Hélie en una especie de musa de los bajos fondos. La alta sociedad parisina quedó prendada por la historia de Casque d’Or, por aquel entonces conocida como la “reina de los apaches”. Un mes antes del juicio incluso llegó a ser contratada para participar en una revista musical titulada “Casque d’Or y los apaches”.

Ya ante la audiencia, la joven Hélie negó ante los magistrados haber presenciado ninguna agresión: “No vi nada” juró. A pesar de su testimonio el juez condenó al acusado a cumplir cadena perpetua en galeras.

Marius Plaigneur, alias Manda, líder de la banda apache Orteaux

El 21 de octubre de ese mismo año, se llevó a cabo el juicio contra Dominique Leca. En esta ocasión el veredicto fue más benévolo, ocho años de prisión, en parte porque el fenómeno apache ya estaba en plena decadencia tras la alarma social que generó el enfrentamiento entre las bandas Orteaux i Popincourt.

UN FINAL CON TRES EPÍLOGOS DISTINTOS

Ambos fueron encarcelados en la penitenciaría de Cayenne, la capital de la Guayana francesa, la colonia que por aquel entonces utilizaba la metrópolis para alejar a los convictos más peligrosos. Tras cumplir la pena Leca fue liberado, lejos de intentar volver a París se estableció en este departamento de ultramar francés hasta que fue asesinado durante una pelea entre buscadores de oro. Por su parte, Manda sufrió una metamorfosis personal en la cárcel, erigiéndose en un ciudadano honesto alejado de los actos pendencieros que había protagonizado con anterioridad. Se convirtió en el jefe de la enfermería del centro penitenciario. Todo ello favoreció que fuera liberado por buen comportamiento. Pero Manda tampoco regresó nunca a París, estableció su residencia en Cayenne hasta que el clima de la zona acabó con su vida en 1936.

Por su parte Amélie Hélie prosiguió su carrera fulgurante en la París de principios del siglo XX. Cabaretera ilustre, fue amante de diversas personalidades e incluso publicó sus memorias. Posteriormente, su vida fue llevada al cine por el director Jacques Becker que eligió a la actriz Simone Signoret para encarnar el papel de la joven prostituta parisina en el film “Casque d’Or” (1952).

cartel de la película “Casque d’Or” protagonizada por Simone Signoret

Una vez el público encontró una nueva “princesa del pueblo”, Hélie cayó en el olvido. Llegó a aceptar un trabajo como domadora en un circo. Fue justamente al término de una de sus funciones circenses cuando fue apuñalada por Rouget, uno de los lugartenientes de Manda. A pesar de la gravedad de las heridas Casque d’Or sobrevivió. Al salir del hospital, lejos de los focos de la actualidad Hélie volvió al anonimato. En 1917 se casó con un obrero parisino, M. Nardin, con el que convivió hasta que murió en 1933.

escenas del film “Casque d’Or” (1952) dirigido por Jacques Becker

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