las musas de los museos

Walter Gropius, más conocido por ser el padre de la Bauhaus y culpable, aunque esto ya no es tan famoso, de haberle robado la esposa al compositor Gustav Mahler, autor de desgarradoras sinfonías en “honor” de su mujer, Alma Mahler. Y es que, desde los tiempos del emperador Adriano y Antínoo, las historias de amor –o sus consecuencias- han poblado las esferas del pensamiento y el arte. La propia Alma Mahler, sin ir más lejos, es un buen ejemplo. Asidua de los círculos intelectuales de principios de s.XX y amante del susodicho Gropius, conquistó tanto al precursor del Estilo Internacional como a los pintores Gustav Klimt y Oskar Kokoschka, entre otros. No es sólo un caso de cotilleo artístico, va más allá. En la mayoría de los casos las relaciones sentimentales de los artistas son indisociables de su obra, y “sus mujeres” (dado que, por lo general, los anales del arte tienen carácter masculino) una fuente de inspiración.

Amor, pasión y arte
Que Goya estuvo locamente enamorado de la duquesa de Alba no es ningún secreto, pero que exista la posibilidad de que fuera la fuente de inspiración de La Maja desnuda hace que miremos lo que se suponía un amor platónico con otros ojos. En cualquier caso, todos los testimonios dejan constancia de la fascinación que sentía el pintor por esta Grande de España. A lo largo de la historia han existido mujeres que, por su belleza, su carácter, o un extraño cúmulo de cualidades concretas, han enloquecido a artistas de toda condición. Dalí permaneció al lado de Gala durante más de cinco décadas. Once años mayor que él, casada con Paul Eluard cuando se conocieron y tendente a las infidelidades, fue adorada por el pintor como su mujer y su musa, y convertida en eje central de algunas de las mejores obras que éste dio al surrealismo .

Los casos son múltiples, y cada uno de ellos nos ayuda a comprender la figura de un creador y, en ocasiones, el motivo de sus creaciones. Así, al igual que se ha llegado a decir que Dalí no sería Dalí sin Gala, podemos asegurar que la obra del obsesionado Dante Rossetti no existiría sin Elizabeth Siddal. Su apariencia lechosa y su larga cabellera pelirroja atrajeron la atención de Millais, el primero de los prerrafaelitas en representarla como la Ofelia difunta de Shakespeare. No transcurriría mucho tiempo antes de que este hecho se convirtiera en realidad: tras la muerte de la hija que tuvo con Rossetti, y anulada y atormentada por un matrimonio obsesivo, Elizabeth se quitará la vida con tan sólo 33 años. Al igual que Jeanne Hébuterne se suicidará estando encinta tras conocer la muerte de Modigliani, una figura que no puede ser considerada como el más fiel y atento de los amantes (agredía incluso a sus compañeras de cama).
Estos nombres son tan sólo la forma por la que fueron conocidas las mujeres reales que compartieron la vida de algunos de los más famosos artistas de la historia, pero todas ellas perviven en su arte; en unas ocasiones como mártires del amor, encarnando a la Beatriz de Dante (Beata Beatrix será el homenaje final de Rossetti a su compañera), en otras como una de las muchas mujeres representadas por un pintor acostumbrado a los excesos, pero la única a la que jamás retrató desnuda.

Sin llegar a semejantes extremos, encontramos musas para todos los gustos, algunas de ellas de sobra conocidas por todos (aunque aún no lo sepamos), como Simonetta Vespucci, belleza famosa en la Florencia renacentista, alabada por poetas y deseada por nobles, es la conocida Venus de Boticelli. Los binomios son infinitos, casi tantos como artistas: Man Ray y Lee Miller, Rodin y Camille Claudel, Filippo Lippi y Lucrecia Buti, musa compartida igualmente por Boticelli, y un largo etcétera. Pero no sólo las mujeres han ejercido como tales, existen también “musos”: no hay más que recordar la extraña relación existente entre Van Gogh y Gauguin, por lo menos en lo que al primero respecta, para descubrir que ha habido personas que han desempeñado este papel, aunque la condición de amantes quedara excluida (véase si no a Andy Warhol, homosexual reconocido, y a la malograda Edie Sedgwick).

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