Kiki de Montparnasse

285018_225001167535202_6235551_a  Kiki, la reina de Montparnasse

Reinó con el nombre de Kiki, pero se llamaba Alice Prin. Musa de este barrio parisino, entre 1920 y 1940 posó desnuda para los mejores pintores y fue amiga de los artistas más relevantes de la época: Cocteau, Chagal, Eisenstein…
Hubo un tiempo mejor. Fue en el Montparnasse de entreguerras bajo el reinado de una Kiki, cuya boca era un incendio y su corazón una alcachofa: en cada hoja, el nombre de un hombre. Su corte era el ombligo del mundo; sus pares, artistas que se resguardaban de la intemperie en los cafés y llevaban una dieta forzosa de sopa, vino tinto y vahos de trementina. Alice Ernestine Prin, Kiki, llegó a París a los 13 años y después de posar, a los 17, para su amante encontró en ese oficio su destino de resplandores fáusticos y de escalofríos libertarios. Modelo de artistas, fue amiga de todos ellos y de poetas como Cocteau o Apollinaire; de cineastas como Litvak o Eisenstein. Kiki fue la mascota de una tropa multinacional, desgalichada y libérrima que compró la inmortalidad al precio de la miseria, malbebiendo con arte y apaños la mitad del año y con apaños y arte la otra parte. Ahora aquellos montparnos están en los museos y ella en el cementerio de Montparnasse.
Los estudiantes medievales de La Sorbona declamaban sus poemas en un cerro a campo abierto al que acabaron llamando Monte Parnaso. A principios del siglo XIX, el risco aún dominaba sobre huertas, barbechos y chabolas, pero algunos artistas necesitados de amplios espacios empezaban a convertir en estudios los graneros y casas de verano. De los 6.000 artistas residentes en París en 1870, uno de cada cuatro vivía en Montparnasse, en apenas medio kilómetro cuadrado, y allí empezaron a instalarse marchantes, galeristas, drogueros y academias de arte. Los lunes por la mañana había un auténtico mercado de modelos, familias enteras deambulaban por la rue de la Grande Chaumière con la esperanza de un contrato para posar en escenas pompier. Con el siglo XX llegaron los cafés, los bistrots y los night-clubs: La Closerie des Lilas, La Rotonde, Le Dôme, Le Boeuf sur le Toit, The Jockey o La Coupole balizaban la topografía de la bohemia.
En esos ámbitos Kiki cantaba letras atrevidas y contaba chascarrillos mordaces. Las galerías exponían sus dibujos y posaba a pecho descubierto para Man Ray y Calder, que venían de América; para Fujita, de Japón; para Modigliani, de Italia; para Pascin, de Bulgaria; para Kisling, de Polonia; para Soutine o Chagall, de Rusia. Cada uno de los artistas para los que posó captó una parte de su singularidad y gracias a tantas pinturas se convirtió en la musa de Montparnasse. Mientras en el Dôme, Trotsky despachaba su correspondencia de refugiado político, justo enfrente, Victor Libion convirtió La Rotonde en refugio tibio de artistas hambreados, refugiados políticos con extraños atuendos y modelos que fumaban como chimeneas. Kiki andaba por allí como Pedro por su casa, se sentía en familia.
Alice nació en 1901 en Châtillon-sur-Seine, un pueblo borgoñés. Su madre, Marie Prin, trabajaba de linotipista y su padre, Maxime Legros, era un comerciante de carbón de 19 años, un tipo pinturero que proclamaba la llegada de su mercancía con el bramido de un cuerno de caza. Los Legros impidieron la boda de su hijo con Marie, que se fue a trabajar a París, dejando a la criatura con la abuela materna. Mandaba cinco francos al mes para el mantenimiento de la niña, que creció con cinco primos, todos «hijos del amor». La abuela trabajó como lavandera y costurera para criar a la prole.
De Borgoña a París. A los 13 años, fue a París a reunirse con su madre. Allí encontró algo parecido a la felicidad: una irreverente manera de vivir y amores fugaces, como lo fueron los Felices veinte, la paz de Versalles y su juventud malversada en los espejismos del alcohol. Entró de aprendiza en un taller de encuadernación por 15 céntimos a la semana. Compraba ropa en el rastro, se ponía brillantina en el pelo y con pétalos de geranio incendiaba sus labios. Cuando su madre la sorprendió posando desnuda, la llamó «puta asquerosa» y la repudió. Tenía 17 años y estaba sola, en la calle y sin recursos. Vivió con un pintor que la animaba a hacer la calle; pero Kiki nunca llegó más lejos de enseñarle los pechos a un viejo por tres francos.
Cuando trabó amistad con los artistas de La Rotonde, encontró un ecosistema de pintores que eran entonces tan miserables como ella; pero que llegarían a ser inmortales con el tiempo. Pasaba hambre pero, como se divertía, se olvidaba del estómago. Solía comer en Chez Rosalie, la pequeña crémerie de una ex modelo italiana que atendía a crédito a los artistas o aceptaba en pago un dibujo en la pared.
El halo de misterio de Man Ray, recién llegado de Nueva York, sedujo a Kiki a primera vista. Posó para su cámara y, al día siguiente, cuando le mostró las fotos se quedó impresionada, luego se desvistió y se sentó a su lado en el borde la cama. Sus labios se encontraron y aquella tarde no hubo sesión fotográfica. Era 1921, era diciembre, el sol estaba anémico y hacía frío. Se fueron a vivir juntos. La relación que mantuvieron durante años dejó una estela de imágenes prodigiosas y queda resumida en una carta escrita por Kiki tres meses después de conocer a Man Ray: «Siento un dolor en el corazón al pensar que esta noche estarás solo en tu cama, te quiero demasiado, sería bueno que te amara menos porque no estás hecho para ser amado, eres demasiado tranquilo. A veces tengo que suplicarte por una caricia, por un poquito de amor… Pero tengo que aceptarte como eres, después de todo eres mi amante y te adoro; vas a hacerme morir de placer, de amor y de pena. Te muerdo la boca hasta que sangra y me emborracho de tu mirada indiferente y a veces mezquina». Nunca se engañó sobre la esencia del amor, lo concebía como un sentimiento de apego al placer y, aunque el eclipse del sexo anunciaba el colapso de la ternura, nunca se sintió inclinada a los amores de paso.
Pasaron cientos de vernissages y miles de vasos, besos y susurros. Kiki, convencida de que Man Ray ya no la amaba, se fue con un periodista a Nueva York. Alguien le concertó una cita en los estudios de la Paramount. «Fui a hacer una prueba, pero antes de entrar quise retocarme el pelo. Al descubrir que me había dejado el peine, me puse como loca de rabia y, ¿qué iba a hacer sino volverme? Así se acabaron mis películas para la Paramount», escribió en sus memorias. Cuando volvió a casa, se reconcilió con Man Ray. En 1924 le hizo una de sus fotos más célebres, Le violon d’Ingres.
Todo el mundo en Montparnasse decía que era alegre, sensual y provocativa. Pero a menudo caía en una especie de tristeza al atardecer y cantaba baladas que la hacían llorar a mares. Le gustaba airear sus aventuras y con el primer café de la mañana podía confesar: «Hoy me han dado un buen revolcón». Vivía entre intelectuales, frecuentaba la casa de Breton, la de Gertrude Stein, la Galerie Surréaliste de la rue Jacques Callot, La Ruche, una colmena de artistas en la rue de Vaugirard, ámbitos espesos de espíritu creador, espacios en los que se discutía y se hablaba del azar, del sexo y del amor. A Kiki le irritaba el intelectualismo, les dijo a sus amigos: «Vosotros habláis mucho sobre el amor; pero no sabéis hacerlo». Participó en ocho películas, pintó muchos cuadros y algunos retratos de amistades. Su exposición de mayor resonancia fue la de marzo de 1927. Todo Montparnasse estuvo allí, los artistas, los crápulas, los anarquistas y la gente bien como Albert Sarrault, ministro de Interior. Esa noche cantó canciones indecentes ante una parroquia sin remilgos. Por su franqueza demasiado impertinente y sus poses tan desnudas como un caballo no podía ser una dama, de manera que la eligieron reina de Montparnasse en 1929 y una multitud la escoltó a La Coupole, en donde se celebró un banquete.
Tal vez se aburguesó un poco cuando se enamoró de un recaudador de impuestos que tocaba el acordeón. Se pasó a la rive droite, pero no dejó de ser Kiki: «Todo lo que necesito es una cebolla, un poco de pan y una botella de vino tinto, y eso siempre habrá alguien dispuesto a ofrecérmelo». Abrió un cabaré propio en la rue Vavin, pero Montparnasse empezó a languidecer y los años dorados se despeñaron en la crisis económica. En septiembre de 1939 la guerra dispersó a los montparnos por el mundo. Cuando volvió la paz, Kiki con los ojos sombreados, una maravillosa belleza marchita y la voz gangosa de tiempo y alcohol recorría los cafés del barrio cantando sus viejas canciones que ya nadie quería oír. Luego pasaba un platillo.
En la primavera de 1953 se desplomó en la rue Brea. Con su muerte se oyeron los últimos estertores de la vida bohemia en un barrio que fue el centro del mundo desde el Tratado de Versalles hasta la entrada de la Wehrmacht en París. En el prólogo que Hemingway escribió para las memorias de Kiki, Les souvenirs retrouvés, dejó este diagnóstico: «Kiki reinó en esta era de Montparnasse con mucha más fuerza de la que nunca fue capaz la reina Victoria a lo largo de toda su existencia».

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